Propongo al lector hacer el siguiente ejercicio: mirar al Perú como un paciente.Un país es un organismo vivo. Como peruanos, nosotros somos las células de ese organismo vivo llamado Perú.
Y aquí viene la primera reflexión. ¿Cómo nos comportamos los peruanos como células? ¿Cumplimos con nuestra función celular, o hay un comportamiento celular anómalo?
Si vemos a los políticos, ideólogos y autoridades del país, como los médicos especialistas, responsables de la salud del paciente Perú, lo primero que deberíamos preguntarnos es si hemos escogido el equipo médico más idóneo para tamaña responsabilidad. Y algo importante, si su compromiso es más con el paciente, que con sus honorarios profesionales.
Son preguntas básicas.
La situación de nuestro país no es para perder el tiempo. Tenemos, a mi juicio, a un paciente crónico (históricamente desatendido), en una Unidad de Cuidados Intensivos bastante precaria (instituciones), y con grave riesgo de entrar en fallo multisistémico (descomposición institucional y social irreversibles).
La corrupción generalizada, que muchos quieren focalizar en la institución policial exclusivamente, es el verdadero cáncer que afrontamos como país. Si a esto le sumamos la falta de institucionalidad, el precipicio lo tenemos delante de nuestros ojos. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.
La relativización del delito a la que hemos llegado, y que se resume en las frases que escuchamos cotidianamente, refiriéndose a los políticos: está bien que robe, mientras haga algo. O aquella otra de: sí, robó y mató, pero acabó con el terrorismo, justificando el robo y el crimen, saltándose a la torera todo principio ético y de legalidad, no es sino la muestra fehaciente de la degradación moral que vivimos como sociedad. El fin nunca puede justificar los medios.
Todo esto se ve agravado, por desconcertantes fallos de un poder judicial politizado, lento, ineficiente y, en gran parte corrupto, que lo último que imparte es justicia. No es casual que, junto con la policía y el Congreso, con sus llamados padres de la patria, sean las instituciones menos fiables y desprestigiadas del país.
Lo peor es que ante este cuadro crítico, los médicos especialistas (políticos, ideólogos y autoridades), ni se ponen de acuerdo, ni crean las condiciones propicias para la recuperación del paciente Perú. Siguen viéndolo como alguien con apenas un esguince de tobillo, al que le aplican interminables pomadas antiinflamatorias, quedándose tan panchos.
La pregunta es, ¿hasta cuándo podremos seguir errando en el diagnóstico y tratamiento? ¡El tiempo pasa!
Como peruanos, tenemos una absoluta incapacidad para asumir la parte de responsabilidad que nos toca. Siempre es el otro el ladrón, el vago, el violento, el que viola las leyes, el que corrompe, el que se prostituye, el mentiroso. Nunca uno mismo. Y esa es nuestra actitud ante todo. Así no podemos construir una sociedad saludable.
La guerra interna que vivimos a partir de 1980, la hemos reducido a algo que ocurrió entre militares y subversivos. Es como si el resto de peruanos, políticos a la cabeza, nunca hubiéramos estado en la escena. Y hábilmente sacamos el cuerpo, una vez más.
Nadie piensa, ¿de qué manera contribuí a esa situación de violencia extrema? Hay, pues, una reflexión colectiva pendiente.
El que puso una bomba, torturó o desapareció a un detenido, obviamente tiene una responsabilidad directa. Pero, ¿está exento de responsabilidad el ciudadano que se envolvió en indiferencia, para no enterarse de lo que vivíamos como sociedad?
El problema del tráfico y la manera cómo nos comportamos al volante, ¿es responsabilidad única de la alcaldesa de Lima, como quieren hacer creer,
interesadamente, algunos políticos y medios de comunicación? ¿Y qué de nosotros? ¿No existimos? ¿De qué manera contribuimos a esa realidad caótica y de irrespeto absoluto a las normas elementales de convivencia?
Todos señalamos como corrupto al policía que pide dinero para evitarnos una multa. Pero, ¿qué del que la paga?
Mientras no miremos el efecto de nuestros actos cotidianos con honestidad, asumiendo nuestra responsabilidad, no podremos transformar nuestro país. Los verdaderos cambios van de lo individual a lo colectivo, confirmando aquello de: si quieres cambiar el mundo, empieza cambiando tú.
Somos co-creadores de la realidad. Nada nos es ajeno, pues una sociedad es un tejido conectivo*, cuya calidad está determinada por nuestras acciones ciudadanas. Somos los tejedores del Bien Común, que a todos nos abarca.
Dicho esto, la salud del paciente Perú no es responsabilidad exclusiva de los médicos especialistas (políticos, ideólogos y autoridades), sino de todos los peruanos. Es nuestro organismo el que está fallando. Somos todos nosotros los que padecemos la enfermedad. Y para sanar, primero hay que reconocer que estamos enfermos.
Entendiendo esto, podremos recuperar nuestro poder ciudadano, convirtiéndonos en sujetos activos de los procesos que vivimos como sociedad. Cada uno desde su ámbito de acción e influencia. Dejaremos, así, de pasarnos la vida quejándonos del político de turno, para luego volver a elegirlo, y seguirnos quejando ad infinitum. Es la manera más eficaz de romper ese círculo vicioso patológico, y dejar de contribuir a la enfermedad crónica que padecemos históricamente como país.
Empecemos preguntándonos todos los días, al finalizar nuestra jornada, ¿qué cosa hice hoy por la salud de mi país? Para que exista coherencia, cuando decimos que amamos el Perú.
* La función global del tejido conectivo, tal y como su nombre indica, es servir de conexión y soporte del resto de los tejidos, y su característica específica es la de ser muy rico, no sólo en células, sino sobre todo, en materia extracelular fabricada por las propias células.
Luis, soy Rina,amiga de Michele. Tu articulo sobre el paciente Peru es excelente. Gracias lo voy a compartir
ResponderEliminaryo soy Roy Ledgard . soy Baha'i y pienso que eso de lo que hablas es universal (yo vivo en España ) y quisas es algo mas profundo ,es una falta de valores generalisada y sin un fundamento espiritual no se podra cambiar te incluyo dos textos baha'is
ResponderEliminarCVI. El Médico Omnisciente tiene puesto su dedo en el pulso de la
humanidad. Percibe la enfermedad y en su infalible sabiduría prescribe el
remedio. Cada época tiene su propio problema y cada alma su aspiración
particular. El remedio que el mundo necesita para sus aflicciones
actuales no puede ser nunca el mismo que el que pueda requerir una edad
siguiente. Preocupaos fervientemente con las necesidades de la edad en
que vivís y centrad vuestras deliberaciones en sus exigencias y
requerimientos.
Percibimos perfectamente cómo toda la raza humana está rodeada de
grandes, de incalculables aflicciones. La vemos languidecer en su lecho
de enfermos, severamente atribulada y desilusionada. Los que están
embriagados con egoísmo vanidoso se han interpuesto entre ella y el
divino e infalible Médico. Atestiguad cómo han envuelto a todos los
hombres y a sí mismos en la red de sus artificios. No pueden ni descubrir
la causa de la enfermedad, ni tampoco poseen ningún conocimiento del
remedio. Han concebido que lo recto es torcido, y han imaginado que su
amigo es un enemigo.
CXX. ¡Oh vosotros, los representantes elegidos del pueblo en todos
los países! Tomad consejo juntos y ocupaos sólo con lo que beneficie a la
humanidad y mejore su condición, si sois de los que inquieren con
cuidado. Considerad al mundo como el cuerpo humano, que aunque al ser
creado es sano y perfecto, ha sufrido, por diversas causas, graves
trastornos y enfermedades. Ni un día logró alivio; no, más bien su
dolencia se hizo más severa, puesto que cayó en manos de médicos
ignorantes que daban rienda suelta a sus deseos personales, y han errado
gravemente. Y si alguna vez, por el cuidado de un médico hábil, un
miembro de aquel cuerpo sanaba, el resto quedaba enfermo como antes. Así
os informa el Omnisciente, el Sapientísimo.
Lo vemos, en este día, a la merced de gobernantes tan embriagados
con orgullo, que no pueden discernir claramente lo que más les conviene,
ni menos aún reconocer una Revelación tan asombrosa y desafiante como
ésta. Y cuando alguno entre ellos se ha empeñado en mejorar su condición,
su motivo ha sido su propio provecho, lo haya declarado o no; y la
indignidad de este motivo ha limitado su poder para curar y sanar.
Lo que el Señor ha ordenado como el supremo remedio y el más
poderoso instrumento para la curación del mundo entero, es la unión de
todos sus pueblos en una Causa universal, en una Fe común. Esto no puede
lograrse sino por el poder de un Médico inspirado, hábil y todopoderoso.
Esto, ciertamente, es la verdad y todo lo demás no es sino error.