lunes, 21 de marzo de 2011

EN EL REINO DE LOS PENDEJOS

El diccionario de la Real Academia Española (R.A.E), define la palabra pendejo, en una de sus acepciones, como tonto, estúpido.


El único país castellano hablante donde esta palabra significa todo lo contrario es Perú.  En nuestro país un pendejo es un listo, un sabido, un astuto, alguien que está de vuelta de todo, que se las sabe todas, y que contraviene todo lo establecido para lograr lo que se propone. Un pendejo actúa sin principios ni ética alguna, pues éstos son cosas de tontos.


Dicho esto, y a juzgar cómo nos sentimos los peruanos, Perú es un país de pendejos, y es algo de lo que nos sentimos especialmente orgullosos, tanto como del cebiche, que ya es decir.


Todos son tontos menos nosotros. Así pensamos. Además, por una deformación colectiva, producto de años de modelos sociales esperpénticos, léase presidentes de la república,  congresistas, presentadores de TV., humoristas, etc., no hacemos ningún esfuerzo por disimularlo. Es más, nos sentimos grandes pendejos. Hombres, mujeres, ancianos y niños de todos los estratos sociales, todos sin excepción, sometiéndonos a una sintaxis social verdaderamente estúpida, nos sentimos los más listos del planeta. Y claro, fieles a nuestra idea, dedicamos todo nuestro tiempo y energía a hacer tontos a los demás.  Hay una necesidad casi patológica de sentirnos pendejos, si no queremos convertirnos en blanco de burlas, discriminaciones, o simplemente engaños. Dedicamos todos nuestros esfuerzos mentales, físicos y emocionales, a ser más pendejos que el otro. Y esta idiosincrasia, labrada con el mejor de los tesones, traspasa todas las clases sociales y actividades. Desde el joven pituco que se tira la pensión universitaria en el casino, a espaldas de sus padres, hasta el albañil de El Agustino que se gasta el jornal en trago, dejando sin leche a sus hijos pequeños; desde el profesor universitario que falta a sus clases,  cobrando por ellas, hasta los congresistas que roban luz, o  venden señales de TV. pirateadas.  Desde el taxista que te cobra el doble de lo que debiera, hasta el farsante de turno de Palacio de Gobierno y sus discursos plazueleros.  Esto, sin olvidarnos del sistema judicial, al que hace tiempo se le cayó la venda. Todo está impregnado de pendejada. Y nos hace gracia.


Engañamos a las autoridades, al vecino, al profesor, a los padres, a los hijos,  al marido, a la mujer, al amante, al policía, al jefe. Nos saltamos las leyes a la torera, y sentimos que ninguna obligación social tiene que ver con nosotros, pues cumplir con algo es de tontos.


Para la mayoría de nosotros  nadie más tonto que el extranjero.  No hay peor cosa en este país que la etiqueta de gringo. Nada te hace más vulnerable en el reino de la pendejada.


Para nuestra mentalidad pendeja, el extranjero es una persona fácilmente engañable, porque no pone en duda lo que una persona le dice. Porque no es suspicaz ni malicioso, ni exhibe con abierta grosería, eso que los peruanos exudamos a borbotones: la desconfianza.

Para el peruano promedio,  un extranjero es un tonto adinerado del que hay que aprovecharse en cualquier sentido. Y si no lo hacemos, quedamos como grandes cojudos en el reino de los pendejos.

Lo peor de todo es que nos sentimos orgullosos de nuestra propia estupidez. En ningún momento nos hemos parado a pensar, por ejemplo, por qué ese país de gringos cojudos  como Alemania, es la potencia que es.  Y por qué el país de grandes pendejos que creemos ser, es la potencia que es en lo que a tuberculosis fármaco-resistente se refiere; o a índice de analfabetismo, desnutrición infantil, falsificación de dólares, prostitución, violencia e inseguridad ciudadana, narcotráfico, ríos contaminados con mercurio por la voracidad de las compañías mineras, y bosques depredados. Tenemos el índice más alto de niños con mutaciones genéticas, producto de la exposición de mujeres campesinas durante el embarazo, al uso agrícola de pesticidas prohibidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS), y que entran en el país de los grandes pendejos, con nombres cambiados. En este país de listillos, poca gente sabe que el prohibidísimo insecticida DDT, llegan a comercializarlo en países como el nuestro, bajo 77 denominaciones diferentes.


Decenas de medicamentos, cuya comercialización está prohibida por sus efectos secundarios, en ese país de gringos cojudos, llamado Estados Unidos, en el nuestro se siguen vendiendo abiertamente. Como vemos, nuestra pendejada no da para darnos cuenta de lo verdaderamente importante.

Toda una historia de supervivencia, con regímenes políticos de grandes pendejos,  nunca mejor dicho,  amén de traidores, donde la educación siempre fue un tema de cojudos, han hecho de nosotros lo que somos, un país absolutamente fracturado, inculto, impúdicamente racista, que pasea su incivilidad por calles y plazas, y que arrastra siglos de odio colectivo sobre sus espaldas.  Un país de millones de marginados, orgullosos, eso sí, del cebiche y el ají de gallina,  que deslumbrado con el espejismo macroeconómico, pasea su humanidad pendeja en grandes 4x4 del año,  sin reconocer ningún semáforo en el camino. Triste, la verdad.

Ahora todos los candidatos a la presidencia de la república, ¡oh, sorpresa! descubren después de decenas de años en la política, que hay que reducir la pobreza e  invertir en educación. Pero nadie dice cómo lo va a hacer. Ninguno explica en qué consiste su “revolución educativa”. ¿De qué educación y contenidos educativos hablamos? ¿Qué profesores van a estar al frente de tamaña responsabilidad? ¿Qué candidato puede hablar con solvencia del tema? ¡Ninguno! Todos creen que el desarrollo de un país está basado en cifras macroeconómicas, o en el índice de inversión extranjera, y en llenar las ciudades de gigantescos y ruidosos centros comerciales, donde tener distraída a la gente consumiendo.

Todos creen también que hacer algo por la educación es llenar de computadoras los colegios. Vivimos, pues, la idolatrización de las tecnologías. Somos testigos de la extraordinaria destreza de los jóvenes manejando las computadoras, Ipods, y celulares. Pero también de su aterradora incapacidad para entender un simple texto, hablar de manera articulada, o escribir sin que las faltas de ortografía nos estallen en los ojos. Y para no deprimirnos ni mencionaremos la nula capacidad de reflexión, no sólo de los jóvenes sino también de los adultos.

¿De qué educación hablamos, entonces? ¿Qué debate serio se ha abierto al respecto? La situación es grave, y obliga a dejar la demagogia de lado, y que los candidatos se pregunten urgentemente qué tipo de ciudadano es el que queremos en el futuro, con qué valores, y para qué tipo de mundo. Es lo primero que deberíamos plantearnos, antes de soltar vaguedades demagógicas, de la manera más pendeja, tratándonos a todos como idiotas, para lograr titulares periodísticos, pues como dice Liz Coleman, Presidenta del Bennington College (Vermont, EEUU), la prueba más contundente del fracaso del sistema educativo en el mundo es lo que hemos hecho con el planeta.



 Luis Callegari Botteri