El ser humano es un ser lleno de miedos y temores. Culturalmente, el miedo más profundo en occidente es el miedo a la muerte, por estar asociado a lo desconocido, a lo inevitable, y que se escapa a nuestro control. Si a esto le añadimos la idea que se nos ha inoculado, de que el hombre es un pecador que será sometido a un juicio final, con la posibilidad de quemarse en el infierno eterno, el terror está asegurado, y la consiguiente manipulación, claro. De eso se trata.
Esto nos ha impedido ver, entender y aceptar con naturalidad que la muerte forma parte de la vida, y que una no se explica sin la otra, pues son caras de la misma moneda, como lo son el día y la noche, arriba y abajo, dentro y fuera, el amor y el odio. Estos dos últimos, completamente separados en nuestra cultura, como si de dos cosas diferentes se tratara, son la misma emoción. Los extremos de una misma emoción, para ser exactos.
En esta larga andadura perdimos, pues, la mirada totalizadora, o lo que en las culturas orientales se conoce como la mirada del maestro, que puede ver los dos aspectos de los fenómenos simultáneamente.
Nos llevaron entonces a la mirada parcial, de pupila dicotómica, desplegándose ante nuestros ojos el universo en blanco y negro de la humanidad.
Empezamos así, a dividir el mundo en buenos y malos, amigos y enemigos, creyentes y ateos, ricos y pobres, fieles e infieles, y más tarde en izquierdistas y derechistas, separándonos completamente del prójimo (del latín proxǐmus), creando el mundo de exclusiones que vivimos. Las ideologías y religiones institucionalizadas sabían lo que hacían, más allá de las bondades de sus discursos, poniendo en práctica el principio de divide y vencerás, que reina hasta nuestros días.
Nos hemos pasado la vida manipulados como conejillos de indias, y al servicio de un poder oculto que ha manejado y maneja con indudable maestría el miedo y la ignorancia como herramientas de sometimiento planetario.
Con estos cimientos fueron creando todo un sistema de creencias, con su sintaxis social, en el que no sólo hemos creído, sino que hemos reforzado con ahínco, defendiéndolo, matando por él, imponiéndolo, creyéndonos superiores al resto, sintiéndonos dueños de la verdad absoluta, y viendo también cómo muchas ideas en las que creímos, desaparecían como pompas de jabón ante nuestros ojos incrédulos, con el costo irremediable de un sufrimiento atroz.
¿Qué es lo que hace que no aprendamos? ¿Por qué la humana insistencia de tropezar con la misma piedra, si de lecciones maestras está plagada la historia?
El miedo como herramienta de control político y religioso es algo viejísimo en la historia de la humanidad. Desde el miedo frente a la amenaza pirata en la cerrada sociedad colonial española, pasando por el miedo a la plebe en el Perú del siglo XVIII, o los temores desatados en nuestro país por la Revolución Francesa, entre 1790-1800.
El miedo a la ex-comunión, o a los Tribunales de la Santa Inquisición y la posibilidad de morir quemado en la hoguera, dominaron también un triste y largo período de la humanidad.
Podemos hablar también del miedo mezclado con odio y desprecio al indio, a lo largo de nuestra historia colonial y republicana. O del temor y la desconfianza en la relación amo-esclavo de la época colonial.
El miedo actual al comandante Humala tampoco es algo nuevo en Perú. Antes lo vivimos con el Partido Aprista Peruano, liderado entonces por Víctor Raúl Haya de la Torre, a quien veían prácticamente como la encarnación del demonio. Décadas de miedo colectivo a que el APRA se hiciera con el poder.
Fuera de nuestras fronteras, Estados Unidos de América usó durante décadas el miedo al comunismo. Derribado el muro de Berlín, y desintegrada la Unión Soviética como bastión ideológico, desde 1989, había que reemplazar ese miedo por otro equivalente. La humanidad no podía quedarse sin esa maravillosa pulsión de control, que justifica la existencia de los ejércitos y el ingente gasto militar mundial. La consigna es, si el enemigo no existe o desaparece, ¡créalo! Y se creó el miedo al terrorismo islamista, satanizándose a toda una cultura practicante de la religión musulmana. No hay sino ver los controles especiales de seguridad, completamente discriminatorios, que pasan las personas de aspecto árabe o musulmán en los aeropuertos del mundo.
No soy tan ingenuo para decir o pensar que no existen grupos terroristas islámicos, pero tampoco estoy de acuerdo con la asociación simplista e interesada: musulmán=terrorista, que a fuerza de una magnificación y saturación periodística, ha quedado grabado en el inconsciente colectivo.
No hablaré aquí de la “gran responsabilidad” de los medios de comunicación, como se hace habitualmente. Diré más. Los medios de comunicación son los perfectos mantenedores de este sistema. Sin ellos, simplemente se desmoronaría. Y los periodistas, salvo honrosas excepciones, la peonada a su servicio.
Lo más perverso de todo es que el sistema le ha hecho creer a los comunicadores, apelando a sus egos, que son los adalides de la libertad, dándoles una importancia que en la práctica no tienen. Definitivamente se deben a los intereses, de un signo u otro, del medio para el que trabajan. En caso contrario, les espera la calle.
Resulta paradójico que en nuestra sociedad se hable tanto de la libertad, y el ser humano esté cada vez más sometido, más esclavo de necesidades creadas artificialmente, de trabajos que odia realizar, y más infeliz y frustrado que nunca. Pero somos incapaces de pensar sobre nuestra situación. Nos han hecho creer, pues, que así es la vida.
La libertad es fundamentalmente un estado interior, y la prensa y el sistema nos hacen vivir hacia fuera, manipulándonos, creando miedos, mostrándonos muerte y destrucción, inventando enemigos, difamando, es decir, haciéndonos depositarios de una basura informativa, perfectamente seleccionada. No hay mas que ver los contenidos de los noticieros. Y no hay nada que se deje al azar. Se los aseguro.
En España, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), ha manejado con perversa maestría en cada proceso electoral, a través de su poderoso aparato mediático, el llamado miedo a la derechona, asociando al Partido Popular con el franquismo más recalcitrante. Nada más alejado de la realidad, pues el Partido Popular, independientemente que se esté o no de acuerdo con sus ideas, más o menos conservadoras, es un partido moderno y probadamente democrático. Pero en gran parte del electorado español, este miedo a la derechona, sobre todo en las personas mayores que sufrieron la dictadura franquista, tiene un efecto inmediato, basado precisamente en la memoria del miedo.
Y así podemos hablar de cientos o miles de ejemplos que se han dado a lo largo de la historia, para conseguir objetivos políticos o religiosos concretos. Todo en base a la manipulación más asquerosa, con el ser humano como rata de laboratorio.
Esta realidad perversa ha impedido e impide, que los seres humanos nos reconozcamos, independientemente de nuestras diferencias raciales, culturales, económicas, étnicas o religiosas. Es más fácil manejar una humanidad dividida y presa de miedos y temores.
No podemos ser nosotros mismos, sino lo que el poder decida que seamos. Vivimos una esclavitud sin cadenas, pero tan real como nuestro sufrimiento e incertidumbre.
El miedo paraliza y distorsiona nuestra percepción de la realidad, haciéndonos actuar de una manera completamente condicionada. Es decir, no libre.
Las fuerzas que controlan nuestros miedos, a través de sus poderosos medios de comunicación, escuelas, instituciones, universidades, y un sistema educativo ad-hoc para tal fin, nos han separado de nosotros mismos, a través del miedo y la desconfianza. Vivimos separados por razas, religiones, creencias políticas, estratos económicos, y por último, países, para que nos olvidemos que nuestra verdadera y única casa y lugar de pertenencia es el planeta.
Nuestra mirada al otro, a ese prójimo del que tanto hablan las religiones y que está cada vez más alejado de nosotros, está distraída, y más fijada en lo que nos separa, artificialmente, que en lo mucho que nos une, naturalmente, como seres humanos.
Habría que preguntarse, ¿quién o quiénes se benefician de esta triste realidad? Nosotros no, desde luego. No hay mas que ver cómo estamos. No sabemos ni quiénes somos, ni dónde vamos, ni qué queremos.
Si no tenemos conciencia de nosotros mismos, menos la tendremos del otro. Ese yo soy tú, y tú eres yo, necesario para que desaparezcan las barreras y se caigan los muros, que el poder está empeñado en mantener o levantar entre los seres humanos.
La separatividad, la pérdida de conexión entre nosotros, como células que somos de este gran organismo que es el planeta tierra, nos dice a gritos que no podemos continuar así, sin riesgo de destruirnos.
Sí, somos células del mismo organismo, que debemos reconocernos y trabajar en conjunto, armónicamente. Dejar de actuar de una vez por todas como células cancerosas, para que este maravilloso organismo llamado planeta tierra, pueda revertir la enfermedad terminal que la aqueja.
El cáncer no es sino la enfermedad planetaria por excelencia. Es nuestro propio reflejo.
Estamos en una hora crucial. De nosotros, y no de los políticos ni sus medios, depende el cambio. ¡Hagámoslo!
Luis Callegari Botteri
