sábado, 30 de noviembre de 2013

UN PACIENTE LLAMADO PERÚ

Por Luis Callegari Botteri




Propongo al lector hacer el siguiente ejercicio: mirar al Perú como un paciente.

Un país es un organismo vivo. Como peruanos, nosotros somos las células de ese organismo vivo llamado Perú.

Y aquí viene la primera reflexión. ¿Cómo nos comportamos los peruanos como células? ¿Cumplimos con nuestra función celular, o hay un comportamiento celular anómalo?

Si vemos a los políticos, ideólogos y autoridades del país, como los médicos especialistas, responsables de la salud del paciente Perú, lo primero que deberíamos preguntarnos es si hemos escogido el equipo médico más idóneo para tamaña responsabilidad. Y algo importante, si su compromiso es más con el paciente, que con sus honorarios profesionales.

Son preguntas básicas.

La situación de nuestro país no es para perder el tiempo. Tenemos, a mi juicio, a un paciente crónico (históricamente desatendido), en una Unidad de Cuidados Intensivos bastante precaria (instituciones), y con grave riesgo de entrar en fallo multisistémico (descomposición institucional y social irreversibles).

La corrupción generalizada, que muchos quieren focalizar en la institución policial exclusivamente, es el verdadero cáncer que afrontamos como país. Si a esto le sumamos la falta de institucionalidad, el precipicio lo tenemos delante de nuestros ojos. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

La relativización del delito a la que hemos llegado, y que se resume en las frases que escuchamos cotidianamente, refiriéndose a los políticos: está bien que robe, mientras haga algo. O aquella otra de: sí, robó y mató, pero acabó con el terrorismo, justificando el robo y el crimen,  saltándose a la torera todo principio ético y de legalidad, no es sino la muestra fehaciente de la degradación moral que vivimos como sociedad. El fin nunca puede justificar los medios.

Todo esto se ve agravado, por desconcertantes fallos de un poder judicial politizado, lento, ineficiente y, en gran parte  corrupto, que lo último que imparte es justicia. No es casual que, junto con la policía y el Congreso, con sus llamados padres de la patria, sean las instituciones menos fiables y desprestigiadas del país.

Lo peor es que ante este cuadro crítico, los médicos especialistas (políticos, ideólogos y autoridades), ni se ponen de acuerdo, ni crean las condiciones propicias para la recuperación del paciente Perú. Siguen viéndolo como alguien con apenas un esguince de tobillo, al que le aplican interminables pomadas antiinflamatorias, quedándose tan panchos.

La pregunta es, ¿hasta cuándo podremos seguir errando en el diagnóstico y tratamiento? ¡El tiempo pasa!

Como peruanos, tenemos una absoluta incapacidad para asumir la parte de responsabilidad que nos toca. Siempre es el otro el ladrón, el vago, el violento, el que viola las leyes, el que corrompe, el que se prostituye, el mentiroso. Nunca uno mismo. Y esa es nuestra actitud ante todo. Así no podemos construir una sociedad saludable.

La guerra interna que vivimos a partir de 1980, la hemos reducido a algo que ocurrió entre militares y subversivos. Es como si el resto de peruanos, políticos a la cabeza, nunca hubiéramos estado en la escena. Y hábilmente sacamos el cuerpo, una vez más.

Nadie piensa, ¿de qué manera contribuí a esa situación de violencia extrema? Hay, pues, una reflexión colectiva pendiente.

El que puso una bomba, torturó o desapareció a un detenido, obviamente tiene una responsabilidad directa. Pero, ¿está exento de responsabilidad el ciudadano que se envolvió en indiferencia, para no enterarse de lo que vivíamos como sociedad?

El problema del tráfico y la manera cómo nos comportamos al volante, ¿es responsabilidad única de la alcaldesa de Lima, como quieren hacer creer,
interesadamente, algunos políticos y medios de comunicación? ¿Y qué de nosotros? ¿No existimos? ¿De qué manera contribuimos a esa realidad caótica y de irrespeto absoluto a las normas elementales de convivencia?

Todos señalamos como corrupto al policía que pide dinero para evitarnos una multa. Pero, ¿qué del que la paga?

Mientras no miremos el efecto de nuestros actos cotidianos con honestidad, asumiendo nuestra responsabilidad, no podremos transformar nuestro país. Los verdaderos cambios van de lo individual a lo colectivo, confirmando aquello de: si quieres cambiar el mundo, empieza cambiando tú.

Somos co-creadores de la realidad. Nada nos es ajeno, pues una sociedad es un tejido conectivo*, cuya calidad  está determinada por nuestras acciones ciudadanas. Somos los tejedores del Bien Común, que a todos nos abarca.

Dicho esto, la salud del paciente Perú no es responsabilidad exclusiva de los médicos especialistas (políticos, ideólogos y autoridades), sino de todos los peruanos. Es nuestro organismo el que está fallando. Somos todos nosotros los que padecemos la enfermedad. Y para sanar, primero hay que reconocer que estamos enfermos.

Entendiendo esto, podremos recuperar nuestro poder ciudadano, convirtiéndonos en sujetos activos de los procesos que vivimos como sociedad. Cada uno desde su ámbito de acción e influencia. Dejaremos, así, de pasarnos la vida quejándonos del político de turno, para luego volver a elegirlo, y seguirnos quejando ad infinitum. Es la manera más eficaz de romper ese círculo vicioso patológico, y dejar de contribuir a la enfermedad crónica que padecemos históricamente como país.

Empecemos preguntándonos todos los días, al finalizar nuestra jornada, ¿qué cosa hice hoy por la salud de mi país? Para que exista coherencia, cuando decimos que amamos el Perú.



* La función global del tejido conectivo, tal y como su nombre indica, es servir de conexión y soporte del resto de los tejidos, y su característica  específica es la de ser muy rico, no sólo en células, sino sobre todo, en materia extracelular fabricada por las propias células.








sábado, 16 de abril de 2011

EL PESO DEL MIEDO

A lo largo de la historia dos ingredientes han sido usados por el poder para gobernar: el miedo y la ignorancia.

El ser humano es un ser lleno de miedos y temores. Culturalmente, el miedo más profundo en occidente es el miedo a la muerte, por estar asociado a lo desconocido, a lo inevitable, y que se escapa a nuestro control. Si a esto le añadimos la idea que se nos ha inoculado, de que el hombre es un pecador que será sometido a un juicio final, con la posibilidad de quemarse en el infierno eterno, el terror está asegurado, y la consiguiente manipulación, claro. De eso se trata.

Esto nos ha impedido ver, entender y aceptar con naturalidad que la muerte forma parte de la vida, y que una no se explica sin la otra, pues son caras de la misma moneda, como lo son el día y la noche, arriba y abajo, dentro y fuera, el amor y el odio. Estos dos últimos, completamente separados en nuestra cultura, como si de dos cosas diferentes se tratara, son la misma emoción. Los extremos de una misma emoción, para ser exactos.

En esta larga andadura perdimos, pues, la mirada totalizadora, o lo que en las culturas orientales se conoce como la mirada del maestro, que puede ver los dos aspectos de los fenómenos simultáneamente.

Nos llevaron entonces a la mirada parcial, de pupila dicotómica, desplegándose ante nuestros ojos el universo en blanco y negro de la humanidad.

Empezamos así, a dividir el mundo en buenos y malos, amigos y enemigos, creyentes y ateos, ricos y pobres, fieles e infieles, y más tarde en izquierdistas y derechistas, separándonos completamente del prójimo (del latín proxǐmus), creando el mundo de exclusiones que vivimos. Las ideologías y religiones institucionalizadas sabían lo que hacían, más allá de las bondades de sus discursos, poniendo en práctica el principio de divide y vencerás, que reina hasta nuestros días.

Nos hemos pasado la vida manipulados como conejillos de indias, y al servicio de un poder oculto que ha manejado y maneja con indudable maestría el miedo y la ignorancia como herramientas de sometimiento planetario.

Con estos cimientos fueron creando todo un sistema de creencias, con su sintaxis social, en el que no sólo hemos creído, sino que hemos reforzado con ahínco, defendiéndolo, matando por él, imponiéndolo, creyéndonos superiores al resto, sintiéndonos dueños de la verdad absoluta, y viendo también cómo muchas ideas en las que creímos, desaparecían como pompas de jabón ante nuestros ojos incrédulos, con el costo irremediable de un sufrimiento atroz.

¿Qué es lo que hace que no aprendamos? ¿Por qué la humana insistencia de tropezar con la misma piedra, si de lecciones maestras está plagada la historia?

El miedo como herramienta de control político y religioso es algo viejísimo en la historia de la humanidad. Desde el miedo frente a la amenaza pirata en la cerrada sociedad colonial española, pasando por el miedo a la plebe en el Perú del siglo XVIII, o los temores desatados en nuestro país por la Revolución Francesa, entre 1790-1800.

El miedo a la ex-comunión, o a los Tribunales de la Santa Inquisición y la posibilidad de morir quemado en la hoguera, dominaron también un triste y largo período de la humanidad.

Podemos hablar también del miedo mezclado con odio y desprecio al indio, a lo largo de nuestra historia colonial y republicana. O del temor y la desconfianza en la relación amo-esclavo de la época colonial.

El miedo actual al comandante Humala tampoco es algo nuevo en Perú. Antes lo vivimos con el Partido Aprista Peruano, liderado entonces por Víctor Raúl Haya de la Torre, a quien veían prácticamente como la encarnación del demonio. Décadas de miedo colectivo a que el APRA se hiciera con el poder.

Fuera de nuestras fronteras, Estados Unidos de América usó durante décadas el miedo al comunismo. Derribado el muro de Berlín, y desintegrada la Unión Soviética como bastión ideológico, desde 1989, había que reemplazar ese miedo por otro equivalente. La humanidad no podía quedarse sin esa maravillosa pulsión de control, que justifica la existencia de los ejércitos y el ingente gasto militar mundial. La consigna es, si el enemigo no existe o desaparece, ¡créalo! Y se creó el miedo al terrorismo islamista, satanizándose a toda una cultura practicante de la religión musulmana. No hay sino ver los controles especiales de seguridad, completamente discriminatorios, que pasan las personas de aspecto árabe o musulmán en los aeropuertos del mundo.

No soy tan ingenuo para decir o pensar que no existen grupos terroristas islámicos, pero tampoco estoy de acuerdo con la asociación simplista e interesada: musulmán=terrorista, que a fuerza de una magnificación y saturación periodística, ha quedado grabado en el inconsciente colectivo.
No hablaré aquí de la “gran responsabilidad” de los medios de comunicación, como se hace habitualmente. Diré más. Los medios de comunicación son los perfectos mantenedores de este sistema. Sin ellos, simplemente se desmoronaría. Y los periodistas, salvo honrosas excepciones, la peonada a su servicio.

Lo más perverso de todo es que el sistema le ha hecho creer a los comunicadores, apelando a sus egos, que son los adalides de la libertad, dándoles una importancia que en la práctica no tienen. Definitivamente se deben a los intereses, de un signo u otro, del medio para el que trabajan. En caso contrario, les espera la calle.

Resulta paradójico que en nuestra sociedad se hable tanto de la libertad, y el ser humano esté cada vez más sometido, más esclavo de necesidades creadas artificialmente, de trabajos que odia realizar, y más infeliz y frustrado que nunca. Pero somos incapaces de pensar sobre nuestra situación. Nos han hecho creer, pues, que así es la vida.

La libertad es fundamentalmente un estado interior, y la prensa y el sistema nos hacen vivir hacia fuera, manipulándonos, creando miedos, mostrándonos muerte y destrucción, inventando enemigos, difamando, es decir, haciéndonos depositarios de una basura informativa, perfectamente seleccionada. No hay mas que ver los contenidos de los noticieros. Y no hay nada que se deje al azar. Se los aseguro.

En España, el Partido Socialista Obrero Español  (PSOE), ha manejado con perversa maestría en cada proceso electoral, a través de su poderoso aparato mediático, el llamado miedo a la derechona, asociando al Partido Popular con el franquismo más recalcitrante. Nada más alejado de la realidad, pues el Partido Popular, independientemente que se esté o no de acuerdo con sus ideas, más o menos conservadoras, es un partido moderno y probadamente democrático. Pero en gran parte del electorado español, este miedo a la derechona, sobre todo en las personas mayores que sufrieron la dictadura franquista, tiene un efecto inmediato, basado precisamente en la memoria del miedo.

Y así podemos hablar de cientos o miles de ejemplos que se han dado a lo largo de la historia, para conseguir objetivos políticos o religiosos concretos. Todo en base a la manipulación más asquerosa, con el ser humano como rata de laboratorio.

Esta realidad perversa ha impedido e impide, que los seres humanos nos reconozcamos, independientemente de nuestras diferencias raciales, culturales, económicas, étnicas o religiosas. Es más fácil manejar una humanidad dividida y presa de miedos y temores.

No podemos ser nosotros mismos, sino lo que el poder decida que seamos. Vivimos una esclavitud sin cadenas, pero tan real como nuestro sufrimiento e incertidumbre.

El miedo paraliza y distorsiona nuestra percepción de la realidad, haciéndonos actuar de una manera completamente condicionada. Es decir, no libre.

Las fuerzas que controlan nuestros miedos, a través de sus poderosos medios de comunicación, escuelas, instituciones, universidades, y un sistema educativo ad-hoc para tal fin, nos han separado de nosotros mismos, a través del miedo y la desconfianza. Vivimos separados por razas, religiones, creencias políticas, estratos económicos, y por último, países, para que nos olvidemos que nuestra verdadera y única casa y lugar de pertenencia es el planeta.

Nuestra mirada al otro, a ese prójimo del que tanto hablan las religiones y que está cada vez más alejado de nosotros, está distraída, y más fijada en lo que nos separa, artificialmente, que en lo mucho que nos une, naturalmente, como seres humanos.

Habría que preguntarse, ¿quién o quiénes se benefician de esta triste realidad? Nosotros no, desde luego. No hay mas que ver cómo estamos. No sabemos ni quiénes somos, ni dónde vamos, ni qué queremos.

Si no tenemos conciencia de nosotros mismos, menos la tendremos del otro. Ese yo soy tú, y tú eres yo, necesario para que desaparezcan las barreras y se caigan los muros, que el poder está empeñado en mantener o levantar entre los seres humanos.

La separatividad, la pérdida de conexión entre nosotros, como células que somos de este gran organismo que es el planeta tierra, nos dice a gritos que no podemos continuar así, sin riesgo de destruirnos.

Sí, somos células del mismo organismo, que debemos reconocernos y trabajar en conjunto, armónicamente. Dejar de actuar de una vez por todas como células cancerosas, para que este maravilloso organismo llamado planeta tierra, pueda revertir la enfermedad terminal que la aqueja.

El cáncer no es sino la enfermedad planetaria por excelencia. Es nuestro propio reflejo.

Estamos en una hora crucial. De nosotros, y no de los políticos ni sus medios, depende el cambio. ¡Hagámoslo!

 Luis Callegari Botteri

lunes, 21 de marzo de 2011

EN EL REINO DE LOS PENDEJOS

El diccionario de la Real Academia Española (R.A.E), define la palabra pendejo, en una de sus acepciones, como tonto, estúpido.


El único país castellano hablante donde esta palabra significa todo lo contrario es Perú.  En nuestro país un pendejo es un listo, un sabido, un astuto, alguien que está de vuelta de todo, que se las sabe todas, y que contraviene todo lo establecido para lograr lo que se propone. Un pendejo actúa sin principios ni ética alguna, pues éstos son cosas de tontos.


Dicho esto, y a juzgar cómo nos sentimos los peruanos, Perú es un país de pendejos, y es algo de lo que nos sentimos especialmente orgullosos, tanto como del cebiche, que ya es decir.


Todos son tontos menos nosotros. Así pensamos. Además, por una deformación colectiva, producto de años de modelos sociales esperpénticos, léase presidentes de la república,  congresistas, presentadores de TV., humoristas, etc., no hacemos ningún esfuerzo por disimularlo. Es más, nos sentimos grandes pendejos. Hombres, mujeres, ancianos y niños de todos los estratos sociales, todos sin excepción, sometiéndonos a una sintaxis social verdaderamente estúpida, nos sentimos los más listos del planeta. Y claro, fieles a nuestra idea, dedicamos todo nuestro tiempo y energía a hacer tontos a los demás.  Hay una necesidad casi patológica de sentirnos pendejos, si no queremos convertirnos en blanco de burlas, discriminaciones, o simplemente engaños. Dedicamos todos nuestros esfuerzos mentales, físicos y emocionales, a ser más pendejos que el otro. Y esta idiosincrasia, labrada con el mejor de los tesones, traspasa todas las clases sociales y actividades. Desde el joven pituco que se tira la pensión universitaria en el casino, a espaldas de sus padres, hasta el albañil de El Agustino que se gasta el jornal en trago, dejando sin leche a sus hijos pequeños; desde el profesor universitario que falta a sus clases,  cobrando por ellas, hasta los congresistas que roban luz, o  venden señales de TV. pirateadas.  Desde el taxista que te cobra el doble de lo que debiera, hasta el farsante de turno de Palacio de Gobierno y sus discursos plazueleros.  Esto, sin olvidarnos del sistema judicial, al que hace tiempo se le cayó la venda. Todo está impregnado de pendejada. Y nos hace gracia.


Engañamos a las autoridades, al vecino, al profesor, a los padres, a los hijos,  al marido, a la mujer, al amante, al policía, al jefe. Nos saltamos las leyes a la torera, y sentimos que ninguna obligación social tiene que ver con nosotros, pues cumplir con algo es de tontos.


Para la mayoría de nosotros  nadie más tonto que el extranjero.  No hay peor cosa en este país que la etiqueta de gringo. Nada te hace más vulnerable en el reino de la pendejada.


Para nuestra mentalidad pendeja, el extranjero es una persona fácilmente engañable, porque no pone en duda lo que una persona le dice. Porque no es suspicaz ni malicioso, ni exhibe con abierta grosería, eso que los peruanos exudamos a borbotones: la desconfianza.

Para el peruano promedio,  un extranjero es un tonto adinerado del que hay que aprovecharse en cualquier sentido. Y si no lo hacemos, quedamos como grandes cojudos en el reino de los pendejos.

Lo peor de todo es que nos sentimos orgullosos de nuestra propia estupidez. En ningún momento nos hemos parado a pensar, por ejemplo, por qué ese país de gringos cojudos  como Alemania, es la potencia que es.  Y por qué el país de grandes pendejos que creemos ser, es la potencia que es en lo que a tuberculosis fármaco-resistente se refiere; o a índice de analfabetismo, desnutrición infantil, falsificación de dólares, prostitución, violencia e inseguridad ciudadana, narcotráfico, ríos contaminados con mercurio por la voracidad de las compañías mineras, y bosques depredados. Tenemos el índice más alto de niños con mutaciones genéticas, producto de la exposición de mujeres campesinas durante el embarazo, al uso agrícola de pesticidas prohibidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS), y que entran en el país de los grandes pendejos, con nombres cambiados. En este país de listillos, poca gente sabe que el prohibidísimo insecticida DDT, llegan a comercializarlo en países como el nuestro, bajo 77 denominaciones diferentes.


Decenas de medicamentos, cuya comercialización está prohibida por sus efectos secundarios, en ese país de gringos cojudos, llamado Estados Unidos, en el nuestro se siguen vendiendo abiertamente. Como vemos, nuestra pendejada no da para darnos cuenta de lo verdaderamente importante.

Toda una historia de supervivencia, con regímenes políticos de grandes pendejos,  nunca mejor dicho,  amén de traidores, donde la educación siempre fue un tema de cojudos, han hecho de nosotros lo que somos, un país absolutamente fracturado, inculto, impúdicamente racista, que pasea su incivilidad por calles y plazas, y que arrastra siglos de odio colectivo sobre sus espaldas.  Un país de millones de marginados, orgullosos, eso sí, del cebiche y el ají de gallina,  que deslumbrado con el espejismo macroeconómico, pasea su humanidad pendeja en grandes 4x4 del año,  sin reconocer ningún semáforo en el camino. Triste, la verdad.

Ahora todos los candidatos a la presidencia de la república, ¡oh, sorpresa! descubren después de decenas de años en la política, que hay que reducir la pobreza e  invertir en educación. Pero nadie dice cómo lo va a hacer. Ninguno explica en qué consiste su “revolución educativa”. ¿De qué educación y contenidos educativos hablamos? ¿Qué profesores van a estar al frente de tamaña responsabilidad? ¿Qué candidato puede hablar con solvencia del tema? ¡Ninguno! Todos creen que el desarrollo de un país está basado en cifras macroeconómicas, o en el índice de inversión extranjera, y en llenar las ciudades de gigantescos y ruidosos centros comerciales, donde tener distraída a la gente consumiendo.

Todos creen también que hacer algo por la educación es llenar de computadoras los colegios. Vivimos, pues, la idolatrización de las tecnologías. Somos testigos de la extraordinaria destreza de los jóvenes manejando las computadoras, Ipods, y celulares. Pero también de su aterradora incapacidad para entender un simple texto, hablar de manera articulada, o escribir sin que las faltas de ortografía nos estallen en los ojos. Y para no deprimirnos ni mencionaremos la nula capacidad de reflexión, no sólo de los jóvenes sino también de los adultos.

¿De qué educación hablamos, entonces? ¿Qué debate serio se ha abierto al respecto? La situación es grave, y obliga a dejar la demagogia de lado, y que los candidatos se pregunten urgentemente qué tipo de ciudadano es el que queremos en el futuro, con qué valores, y para qué tipo de mundo. Es lo primero que deberíamos plantearnos, antes de soltar vaguedades demagógicas, de la manera más pendeja, tratándonos a todos como idiotas, para lograr titulares periodísticos, pues como dice Liz Coleman, Presidenta del Bennington College (Vermont, EEUU), la prueba más contundente del fracaso del sistema educativo en el mundo es lo que hemos hecho con el planeta.



 Luis Callegari Botteri